20 de febrero de 2012

Ayuda al necesitado

¿Te puedo ayudar en algo?”, pregunta la dependiente de la joyería. El joven interesado en un anillo de compromiso para su novia prefiere ver las alianzas expuestas en los muestrarios antes de consultar sus dudas, “primero veo todas, y luego te comento”. Al finalizar su revisión, con ayuda de la joyera, aclara cual podría ser el anillo perfecto para su prometida, teniendo en cuenta la capacidad de su bolsillo.

En una calle de esa misma ciudad, otro joven camina solo. De vuelta del trabajo a casa se topa con un hombre que le triplica la edad. El muchacho se queda pasmado al ver la barba del señor; larga, gris y desaliñada, al igual que el resto de su cuerpo. El hombre portaba un cartón en el que reza “ayuda por favor”. No transcurre ni un segundo desde que el joven se percata del mensaje y prosigue su camino. Mientras se marcha, no mira hacia atrás porque su conciencia no se lo permite. El arrepentimiento no durará mucho, a diferencia del hambre del mendigo.

Desde el segundo piso de una gigantesca tienda de ropa, una niña contempla a las personas del piso de abajo y examina sus movimientos anárquicos. Con dos dedos de su mano y el ojo derecho cerrado, observa lo minúsculos que son. “Desde aquí arriba da la sensación de que podría aplastarlos como a hormigas”, menciona la niña a su madre, quien le pone un vestido por delante y le pregunta: “¿Qué tal te quedará este?

Al otro lado del planeta, en un gran almacén del tamaño de la tienda de ropa, multitud de sastres se dedican a cortar y coser pantalones. En el segundo piso se encuentran los encargados de dirigir dicha nave. Están preparando el presupuesto de este año. “Los beneficios de la empresa serán soberbios”, exclama gozoso el director mientras aplaude la idea de haber contratado a niños para que hiciesen los pantalones.

Mendigo en un banco de Lisboa